¿Educar en casa o en la escuela?


Algunos de los alumnos de Filosofía en nuestra caverna radiofónica en RNE. Podéis escucharlos si pulsáis aquí Gracias Noa, Alma, Marta, Juan Carlos, Cesar, Helena y al amigo y filósofo Juan Carlos Vila por vuestra interesantísima discusión. Y más que vendrán...




















El Popol Vuh

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El Popol Vuh, libro que contiene diversos mitos de los Quiché, pueblo maya de Guatemala, cuenta que los dioses hubieron de hacer varias tentativas antes de fabricar al hombre tal como lo querían.
¿Qué querían de él y por qué les resultó tan difícil conseguirlo? Según dice el relato, una vez que hubieron sido creados todos los animales, los dioses les pidieron que les alabasen llamándoles por sus nombres, pero no consiguieron que hablaran. Por eso, los dioses decidieron crear otro ser, condenando a los primeros a ser comida unos de otros.

Primero probaron con barro. Pero no funcionó, porque –dice el texto-: ”Se deshacía, estaba blando, no tenía movimiento, no tenía fuerza, se caía, estaba aguado, no movía la cabeza… Al principio hablaba, pero no tenía entendimiento”.

Así que fueron destruidos. Pero la obsesión de los creadores por que hubiese una criatura que se acordase de ellos, les llevó, previa consulta con las ancianas adivinas celestes, a probar ahora con madera:
“Y fueron hechos los muñecos labrados de madera. Se parecían al hombre, hablaban como el hombre y poblaron la superficie de la Tierra. Existieron y se multiplicaron, tuvieron hijas, tuvieron hijos los muñecos de palo; pero no tenían alma, ni entendimiento, no se acordaban de su Creador, de su Formador; caminaban sin rumbo y andaban a gatas… Fue solamente un ensayo, un intento de hacer hombres. Hablaban al principio, pero su cara estaba enjuta; sus pies y manos no tenían consistencia; no tenían sangre, ni sustancia, ni humedad, ni gordura… Estos fueron los primeros hombres que en gran número existieron sobre la faz de la Tierra”.

Nuevamente, los dioses deciden destruirles, con el curioso detalle de que los animales, pequeños y grandes, e incluso los palos y las piedras, y los propios utensilios que aquellos hombres de madera habían producido, participaron en la destrucción:
“Y se pusieron todos a hablar; sus tinajas, sus comales, sus platos, sus ollas, sus perros, sus piedras de moler, todos se levantaron y les golpearon las caras: -Mucho mal nos hacíais; nos comíais y nosotros ahora os morderemos, les dijeron sus perros y sus aves de corral. Y las piedras de moler: -Éramos atormentadas por vosotros, cada día, de noche, al amanecer, todo el tiempo hacíais holi holi, huqui huqui, contra nuestras caras… Pero ahora que habéis dejado de ser hombres probaréis nuestra fuerza…”

Así fue la perdición de aquellos pre-hombres. Aunque el mito prosigue, afirmando que “la descendencia de aquellos, son los monos que existen ahora en los bosques”.

Al final los dioses consiguen crear al hombre, usando como materia el maíz: “De maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne, de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Únicamente masa de maíz entró en las carnes de nuestros padres, los cuatro hombres que fueron creados”.


Aunque algunos dudaron de la autenticidad de estos relatos (algunos de los cuales recuerdan al Génesis bíblico), se han encontrado restos arqueológicos (como el mural de El Mirador, de en torno al 200 a.c.) que testimonian su antigüedad.
Estos mitos suscitan muchas reflexiones. Pero aquí nos fijaremos en solo dos de ellas, que planteamos al oyente en forma de preguntas:
  • ¿qué nos dice del hombre y del sentido de su existencia este relato primitivo? ¿Cómo debemos entender eso de que los dioses nos habrían fabricado para que alguien se acordase de ellos, lo que, al parecer, iría estrechamente unido a la capacidad de hablar de verdad?
  • ¿Cuál es nuestra relación con los animales, o, mejor dicho, con los otros animales? ¿Hablan? ¿Son ellos (por ejemplo, nuestros más cercanos primates) solo un ensayo fracasado de ser humano, o es el hombre (según creen algunos filósofos y poetas) una degeneración de lo animal, un animal que no sabe vivir, porque se dedica a pensar e inventar dioses?



Guión: Juan Antonio Negrete . Voces: Chus García, Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

Mass media.


Algunos de nuestros alumnos de Filosofía de 4º ESO del IES "Santa Eulalia" de Mérida han acudido hoy a la caverna filosófica de Radio 5 RNE. Podéis escucharlos si pulsáis aquí. Gracias Noa, Alma, Marta, Juan Carlos, Cesar, Helena y al amigo y filósofo Juan Carlos Vila por vuestra interesantísima discusión sobre la manipulación en los medios de comunicación.




















Gilgamesh, la epopeya de la amistad y la muerte

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La más antigua novela que conocemos, la Epopeya de Gilgamesh, relato sumerio-babilonio de en torno a cuatro mil años de antigüedad, contiene ya profundas reflexiones acerca de la condición humana, en especial acerca de la amistad y de la muerte:
El tiránico rey de Uruk, Gilgamesh, estaba acostumbrado a violentar caprichosamente a sus súbditos, hasta que los dioses, apiadándose de ellos, crean a Enkidú, un hombre salvaje que “con las gacelas tasca la hierba, con la manada se echa a beber en el estanque, y con las bestias en el agua alegra su corazón”.
Gilgamesh, para atraerle a la ciudad, envía al campo a una prostituta sagrada. Cuando el montaraz Enkidú yace con ella, se transforma: ya las gacelas y las demás bestias le huyen, y él pierde mucha de su prodigiosa fuerza.
“¡Eres hermoso, Enkidú, pareces un dios! –le dice ella- ¿Por qué con las bestias has de correr por el campo? Anda, deja que te lleve a Uruk-el-Redil…” Así llega a Uruk, como rival del tirano. Pero cuando Enkidú se enfrenta a Gilgamesh lo que ocurre no es que uno vence al otro, sino que se convierten en amigos inseparables.
Juntos van al bosque de los Cedros a matar al terrible monstruo Huwawa. Son dos raros héroes: lloran y tiemblan de temor, se consuelan uno a otro cariñosamente, y se hacen reflexiones como esta: “Tomó la palabra Gilgamesh y habló así a Enkidú: ¿Quién puede alcanzar el cielo, amigo mío? Solo los dioses moran con Samash en el cielo, eternamente. La humanidad tiene sus días contados…, todo cuanto hace es viento”.
Una vez que matan al monstruo, Gilgamesh, tras haber despreciado el amor de la altiva diosa Ishtar, y, en compañía de su inseparable amigo Enkidú, mata al Toro que el dios del Cielo, Anu, creó para satisfacer la sed de venganza de la diosa, su hija. Como castigo a tal sacrilegio, Enkidú enferma, cae en delirios, queda postrado unos días en cama, y al fin muere. Gilgamesh le dedica una de las más tremendas elegías jamás escritas y lloradas, y le ofrece el más emotivo de los duelos: “Le tocó el corazón y no latía. Como a una esposa cubrió el rostro de su amigo. Como águila se revolvía en torno suyo. Como leona que ha perdido a sus cachorros, no cesaba de ir de un lado a otro. Se arrancaba mechones de cabello y los soltaba…”
Entonces Gilgamesh cae en una profunda meditación sobre la muerte y decide emprender su mayor aventura, su viaje existencial: buscar la planta de la inmortalidad, que solo conoce Utanapíshtim, el hombre del Diluvio: “Por su amigo, Enkidú, Gilgamesh lloraba amargamente y erraba por la estepa. ¿No moriré acaso yo también como Enkidú? Me ha entrado en el vientre la ansiedad…”.
Recorre toda la tierra, hasta llegar, exhausto y enjuto, ante Siduri, la tabernera que habita junto al océano cósmico. Ella le advierte: “No hay, Gilgamesh, paso para ese país. Nadie, desde que el mundo existe, ha atravesado el Océano”. Pero el héroe no ceja, hasta que el barquero Urshanabí (el Cancerbero sumerio) le cruza hasta Utanapíshtim, el único hombre al que los dioses concedieron la inmortalidad. Este no deja de dedicarle una reflexión acerca de la fugacidad de la vida: “A la muerte nadie le ha visto la cara. A la muerte nadie le ha oído la voz. Pero, cruel, quiebra la muerte a los hombres. ¿Por cuánto tiempo construimos una casa? ¿Por cuánto tiempo sellamos los contratos? ¿Por cuánto tiempo los hermanos comparten lo heredado? ¿Por cuánto tiempo perdura el odio en la tierra?... ¿No son acaso semejantes el que duerme y el muerto?”.
Pero Utanapíshtim acaba contando a Gilgamesh el secreto de la inmortalidad: una planta que yace en el fondo del océano. Nuestro héroe la consigue coger y emprende su regreso. Pero, mientras bebe agua de una fuente, la Serpiente se la roba. “Entonces Gilgamesh se sentó a llorar. Por sus mejillas corrían las lágrimas. Tomó la mano de Urshanabí, el barquero. ¿para quién, Ursahnabí, se fatigaron mis brazos? ¿Para quién se derramó la sangre de mi corazón? No encontré la felicidad para mí mismo”.
Así pues, Gilgamesh no vence a la muerte, acaba conociendo, o reconociendo, que la vida de los humanos es “como humo”.


La primera epopeya de la que tenemos recuerdo es una tragedia, una auténtica tragedia: no nos da una visión esperanzadora, como después hará el cristianismo, o, antes, el mito egipcio de Osiris.
En tiempos recientes, el filósofo Nietzsche nos dice que no podemos contar con el consuelo de esa inmortalidad que buscó Gilgamesh, pero que, no por ello, tenemos derecho a caer en la desesperación en que cayó él, en su nihilismo


¿Es posible hacerse cargo de una vida humana, con la convicción alegre de que “todo cuando hace el hombre es como humo”?


Guión: Juan Antonio Negrete . Voces: Chus García, Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

El cuento del amor.

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Dijo el escritor Oscar Wilde que cuando los dioses quieren castigar a los hombres, les conceden lo que desean. ¡Qué decepción entonces!... Somos... el animal insatisfecho. Porque nuestro deseo – decía el poeta Luis Cernuda – es una pregunta cuya respuesta nadie sabe...

Eso que nos hace tan disconformes es lo mismo que nos mueve y nos crece. Es el modo de ser de los que nunca llegamos a ser...

Buscar la perfección es, primero, saber que nos falta. Pero ¿cómo nosotros, tan de barro inmundo, tan imperfectos, vamos a saber nada de la perfección ?

Cuando una pregunta no tiene respuesta (o un deseo no tiene cura) lo mejor, siempre, es contar un cuento. Como este.

Cuenta el filósofo Platón que en un banquete de cuento, que celebraron unos nobles amigos en honor de uno de ellos (el más cuentista, pues era poeta), decidieron invertir la gracia y la luz del vino trasegado en hablar de amor. Y cuando fue el turno de un tal Sócrates, éste contó lo que una sabia mujer, Diotima, le contó una vez acerca de lo que contaban del nacimiento de Eros, el dios del Amor.

Cuenta este cuento de cuentos, que en un olímpico banquete, en que los dioses celebraban el nacimiento de Afrodita, diosa de la belleza (esa brillante faz con que espejean, aquí abajo, los celestes sueños), salió a tomar el éter, borracho de néctar, Poros, el dios de los recursos, y encontrose allí, en los jardines del palacio de Zeus, a la pobre Penia, diosa de la carestía que, olvidada por todos, vagabundeaba entre los restos del divino festín. Y he aquí que Penia, pobre pero no tonta, se aprovechó de la inconsciencia de Poros y solazándose con él concibió ese día un hijo, al que, por su naturaleza, pusieron de nombre Eros, o Amor.

Esto es amor, dice Platón en su cuento. El hijo de lo Mucho y de lo Poco, de la borrachera del Dios que Todo lo logra y la mísera inteligencia de la Diosa que Nada tiene, de lo Perfecto olvidado de sí, y de la Imperfección consciente de sí. Este hijo, el Amor, heredó por su divino origen el sueño de lo Uno y lo Completo, y, por parte de madre, la triste, pero no menos divina rémora de lo Partido y lo Cojo.

Y desde entonces Eros, hecho cuerpo, renquea y brinca por la Tierra atento a cada bella (y afrodisíaca) llamada del Cielo. Y este Amor, en la forma de la flecha que nos excita y tensa por dentro, es el Alma que a los hombres anima a unir lo que parece distinto, a hacer verdaderamente uno a lo mentiroso y doble.

Amor apunta con bizco y tembloroso esfuerzo de arquero a lo que paternalmente nos llama, desde la caverna o valle qué habitamos a la vertical llanura de los sueños. Deseo, alma vagabunda, sueño inasible de belleza, sombra del Sol que sostiene las espaldas del cielo, solo eso, desde que Platón lo dijo, con luminosa y parecida borrachera a la del dios padre, y la inteligente y verbosa mentira de la seductora Penia, es el Amor. 

Y eso somos tú y yo. Y, por eso, ni tú, ni yo. Quien lo pensó, lo sabe.


Guión: Víctor Bermúdez . Voces: Chus García y Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

Decrecimiento

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Crisantra.- Jo, Primitiva, vaya vidorra que te pegas. Llevas toda la mañana tumbada al sol.
Primitiva.- ¿Y qué? ¿Es acaso pecado?
Cris.- Pues sí. El pecado de la pereza. Podías hacer algo más provechoso.
Primitiva.- ¿Más provechoso que dormitar al sol, leer y meditar? ¿El qué?
Cris.- Pues ayudar a tu padre, el pobre, que está solo en el bar.
Primitiva.- Quiá. Es su turno. Lo mío son las tardes y las copas.
Cris.- Pues acabo de pasar y tiene la barra a tope. Algunos clientes se le iban por no poder atenderlos.
Primi.- Bueno. Hay otros bares cerca. También tienen que vivir, los pobres.
Cris.- ¡Anda que!... Desde luego, nunca seréis nada en la vida.
Primi.- ¿Y esta? ¿Y que hay que ser en la vida, según tú?
Cris.- ¡Pues un triunfador! Y aprovechar un buen negocio, como podrías hacer tú.
Primi.- Ya me aprovecho. No me ves aquí, retozando al sol.
Cris.- No, tontaina. Aprovecharlo de verdad. Ay, si yo fuera tu...
Primi.- ¿Qué es lo que harías?
Cris.- Pues, con lo bien que cocina tu abuela, y con el sitio que tenéis, ¡buah!... De entrada, ampliaría el local, y montaría un buen restaurante, no esa tasca que tenéis ahora.
Prim.- Pero si la gente viene por lo de la tasca, que no te enteras...
Cris.- ¡Calla! Y pondría una terraza que ocupara toooda la plaza...
Prim.- Eso, y a los viejos que ocupan los bancos los pondrías de camareros.
Cris.- ¡Nada de viejos tomando un miserable chato! (Soñadora) Esto sería otra cosa, un sitio chic, guay, cool. Haría publicidad, aparecería en las guías gastronómicas, y en las de decoración. Y solo vendría gente superbien y muy moderna... ¡Guau!
Prim.- ¿Guau? Te cargarías la vida del barrio. Esto se llenaría de tiendas caras, y de tráfico. Los pisos subirían de precio. Echarían a la mitad de los vecinos....
Cris. - Así es la vida, primi. O comes o te comen. Y yo soy de los que comen.
Prim.- ¿Y para qué quieres ponerte tan gorda?
Cris.- Ya estamos. Yo quiero progresar. Como todo el mundo. Como deberías hacer tu. Imagina que haces lo que te digo.
Prim. ¿El qué?
Cris.- (Entusiasmada, visionaria, hablando muy rápido) ¡¡Pues montar ese restaurante bestial!! ¡¡Y cuando lo tengas lleno todos los días, zas, empiezas a crear franquicias!! ¡Y abres locales en la capital, y en otros países!... Y todo lo que ganes tienes que ir invirtiéndolo, por supuesto. Y en paraísos fiscales, para no pagar impuestos. Ah, ah, y ojito con la gente. Dice mi padre que no te puedes fiar, tienes que estar encima de todos todo el día, para que no te roben, y...
Prim.- (Cortándola) Cris, querida...
Cris.- (Ansiosa) Sí, ¿qué? ¿Qué?...
Prim.- ¿Pues eso, qué... que todo eso... para qué?
Cris.- (Irritada). ¿¡¡Pero cómo que para qué!!? ¡¡Pues para que va a ser!! ¡¡Para ganar mucho dinero, y para tener todas las cosas que quieras, y para que cuando ya seas muy mayor y tengas millones en el banco, poder retirarte a tu mansión, a pasar tan ricamente las mañanas tomando... el sol... (se da cuenta de todo lo tonto de su planteamiento y se calla). [Silencio]
Prim.- (Carraspea, disimulando, como si no hubiera pasado nada) Cris, cariño, no querrás acercarme ese bote de crema. Y uno de esos libros...
Cris.- (Tímida, confundida)... ¿Cual?...
Prim.- Ese rojo y verde; se llama “Decrecimiento”....
Cris.- Toma.
Prim.- Gracias. Y otra cosa... ¿A que estás deseando tumbarte al sol aquí conmigo?



En los años 70, algunos economistas como comienzan a popularizar el concepto de “decrecimiento”, que hoy da nombre al movimiento filosófico y político que cuestiona el objetivo de la economía clásica liberal, esto es, el crecimiento económico, y aboga por la disminución de la producción y el consumo, hasta reequilibrar la relación entre el ser humano y la naturaleza (y de los propios seres humanos entre sí).

El decrecionismo critica el dogma del “crecimiento por el crecimiento”, al que culpa de los problemas ecológicos y las desigualdades sociales. Su finalidad es que los seres humanos aprendan a vivir mejor con menos, maximizando el bienestar y reduciendo al mínimo el consumo, en la línea de una “economía budista”, como decía Schumacher, o en la de la “felicidad nacional bruta”, concepto propuesto por el rey de Bután en 1972 en oposición al de “producto interior bruto” y a la habitual correlación entre “felicidad” o “nivel de vida” y “poder adquisitivo”

Los partidarios del decrecimiento proponen una disminución controlada de la producción y el consumo fomentando nuevos modelos de economía y de vida, en los que la autoproducción, el intercambio sin dinero, el consumo de productos locales y duraderos, y, en general, la adopción de modos de vida más austeros, son principios fundamentales. Y advierten de que, de no emprender ese proceso, el decrecimiento acabará imponiéndose, de forma más abrupta, como la consecuencia necesaria de un sistema fiado al aumento insostenible y obsesivo de la producción y el consumo.

¿Qué piensas tú? ¿Crees que el decrecimiento es una forma adecuada de organizar la economía y de vivir?

Guión: Víctor Bermúdez . Actores: María Ruíz-Funes, Laura Casado. Voces: Chus García y Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

Don Quijote, la locura y la muerte

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Antonia Q.- ¿Qué recuerdas más a menudo, Sancho, de mi tío Alonso?
Sancho.- Tantas cosas recuerdo de mi señor don Quijote que no daría abasto recordándolas. Muchas veces me he recordado de aquellos tan breves días de su muerte, esto es, cuando recuperó el juicio.
Antonia Q.- ¡Pobre!, ¡no tuvo tiempo de desandar sus locuras, como él quería…!
Sancho.- Mejor así: ese fue el último don que nos dejó, por lo menos a mí, según solo he sabido ver con el lento correr del tiempo desde que partió de entre los que nos llamamos vivos.
Antonia Q.- ¿Qué dices, Sancho amigo: de qué don hablas?
Sancho.- Recuerdo… -y en aquellas horas y en aquellos días no caí en ello-, recuerdo las palabras del señor cura, apenas le hubo confesado, que salió diciendo: “verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno”. Y esa es la verdad, que fue lo mismo en él volver a la cordura y morir. Y, querida Antonia, maravíllome yo mismo de que, aun sabiéndome no nacido para filosofías, haya alcanzado a comprender que no otra cosa es lo que nos quiso enseñar sin decirlo: que la cordura es muerte y que la vida es locura.
Antonia Q.- En él al menos así fue. Y también yo sentí algo semejante, y me causó gran escalofrío verte hablarle de que si Dulcinea ya estaba desencantada, o que si os fuerais juntos de pastores, y todo ese tu loco querer que él siguiese loco.
Sancho.- Mientras conservó él su noble locura, tuve yo algo por lo que ejercitar mi rústica cordura. Y hasta me enseñó un poquito a ser santamente loco… Verle, luego, hablar con seso y ver un espectro fue todo una y la misma cosa… Como si al mundo le hubieran borrado sus colores.
Antonia Q.- ¡En verdad se ve que tu señor don Quijote inspira fuertemente tu imaginación! ¡Así le lloramos! Cuando a mí me aconsejó que no casara con quien se hubiese dado a la lectura de libros de caballería vínoseme un doble sentimiento: que me dejaba vida desesperanzada, el uno; pero el otro, que no volvería a haber sano loco como él.
Sancho.- ¿Tómame por loco, Antonia amiga, por lo que pienso?
Antonia Q.- ¡Así lo quisieras tú, Sancho! (sonríe) Dime, ¿qué piensas?
Sancho.- Pienso que acaso este mundo no es más que una novela, escrita por algún sabio como Cide Hamete Benengeli, y que nosotros, tú y yo, pero también cuantos han leído y lean las hazañas de tu tío, somos personajes dibujados por su pluma con más o menos detalle…, y que no estamos aquí sino para servir de ocasión a que mi señor don Quijote tenga ocasión de iluminar el relato con su lucidez. Y pienso esto -dirételo antes de que me lo preguntes-, porque paréceme que este mundo nuestro no tiene sentido desde que nadie sabe ver doncellas prisioneras, pobres esclavizados y gentes bajo todo tipo de encantamientos.
Antonia Q.- No blasfemes, Sancho.
Sancho.- No es blasfemia. Al mismo Cide Hamete le he leído que “él supo obrar y yo escribir”.
Antonia Q.- Te comprendo. Como si nos hubiésemos quedado sin oficio. ¿Y si los muertos somos nosotros?
Sancho.- Eso mismo es lo que quería decirte. Y así don Quijote, cuando acabó sus aventuras, se volvió cuerdo para poder morir.


Se celebra el cuarto aniversario de la muerte de Cervantes, si es que los genios mueren de verdad.
Cervantes supo imaginar a uno de los personajes más impresionantes de la literatura universal, además de narrarlo magistralmente: el hidalgo manchego, que enloqueció con la lectura de libros de caballería y salió, acompañado del fiel Sancho Panza y enamorado de la sin par Dulcinea, a deshacer entuertos en un mundo que solo él logró ver poblado de gigantes y malvados brujos.
Pero el mundo en que vivió Cervantes ya estaba desencantado y en él reinaba una cordura que hacía tiempo había desesperado de cambiar las cosas.
¿Es esa la tragedia del idealista: que solo él, en su locura, ve a quienes sufren y a quienes hacen sufrir, y cree que puede lucharse contra ello, mientras los demás se ríen sardónicamente de él?
¿Está más vivo o más muerto el loco? ¿Y si la cordura o sensatez no es más que estar muerto, como quizá vino a decir don Quijote cuando recuperó el juicio para morir?

¿Qué piensas tú?


Guión: Juan Antonio Negrete . Actores: Jonathan González, Eva Romero. Voces: Chus García, Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.